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           Tres años han transcurrido ya desde Babel, de Alejandro González Iñárritu, escrita por Guillermo Arriaga a partir de una idea de ambos. En acuerdo con su título, cinco son los idiomas que se hablan en ella, lo que da un sentido profundo, esencial,a lo que reza su tagline promocional: Si quieres ser comprendido, escucha. Por mucho más que sus diversos reconocimientos internacionales, Babel se ha convertido --al paso del tiempo y en toda la extensión de la palabra-- en un film importante: por la claridad de su mirada, por la dimensión de sus alcances y por la rotunda humanidad de su mensaje. Esto fue lo que escribí de ella, hace algo más de una treintena de meses…

   

BABEL: Negar la posibilidad de
comprender al otro.

    Después de ver dos veces Babel, concluyo que resulta fascinante su concepción, que no es  rigurosamente idéntica a la de Amores Perros o 21 gramos. Alejandro González Iñárritu consigue un film algo más sereno, de no tanta moviola, que de todas formas se aleja de las formas narrativas tradicionales. De nuevo son tres las historias que le dan sustento argumental, siendo la de la trágica vacación en Marruecos la que aporta a las otras dos los resortes necesarios para que
encajen en el esquema y, al completarlo, le dan su redondez. Las tres historias tienen que ver con el desamparo; con esa miseria íntima que surge de un hecho fuera de nuestro control, ante el que la única sensación inmediata es la impotencia: esa suerte de no-respuesta-útil que invalida cuanto esfuerzo acertamos a intentar como defensa. Esos desamparo y miseria son para el director --y
para Guillermo Arriaga, su escritor-- no meros “puntos de partida, ”sino el tema esencial (a la fecha) de sus preocupaciones cinematográficas.

    Babel inicia con el circunstancial hecho de la venta de un rifle. En el desierto marroquí, un lugareño lo vende a un pastor de cabras, para que defienda su patrimonio de los chacales. Son los hijos adolescentes del pastor --inexpertos en su manejo-- los que reciben la encomienda de capitalizar el arma en contra de los depredadores de la manada. Pero quiere el destino que, en cierto momento, pase por el lugar un autobús de turistas norteamericanos; y también, que una de las balas impacte en una vacacionista, hiriéndola de gravedad. Esta tragedia dará lugar,  alternativamente, a que conozcamos pieza por pieza diversos nexos y giros relacionados con las otras dos líneas de argumento: esa en que la nana de los niños de la mujer baleada --al no encontrar reemplazo-- debe llevárselos de San Diego a  la frontera mexicana, para poder asistir a la boda de su hijo; y aquella otra en que una joven japonesa sordomuda, afectada por el suicidio de su madre, sucumbirá a rutas equivocadas en su desesperada búsqueda de afecto, una necesidad aún más acuciante por las dudas que le genera su discapacidad. Así, las historias --cuyo desfase es de apenas unas cuantas horas-- se nutrirán, retroalimentándose, para conducir a Babel hasta sus conclusiones. Por cierto, en las tres --cuatro en realidad, en tres ubicaciones--habrá un desenlace positivo para algunos de sus actores, pero también de fatalidad, frustración o derrota para otros. Y es que en el inevitable choque de culturas (tratado con gran respeto, hasta con ternura, por el Negro González Iñárritu) está siempre latente el riesgo de conflicto, de intolerancia, cuando la fraternidad no aparece. No en balde es “Si quieres ser comprendido, escucha...” el aserto que ubica y abandera a la película.

      Uno de los muchos méritos de Babel son sus actuaciones; Cate Blanchett, Brad Pitt y Gael García Bernal son los intérpretes  conocidos, pero todo el ensamble actoral cumple un trabajo de primer nivel, en favor del impacto de los varios dramas de la película. A pesar de su no-linealidad y del riesgo que siempre implica el manejar más de una historia, no asoman ni la confusión ni los huecos de guión que pudieran temerse. Lo que sí está es la mucha sensibilidad de los cineastas para mostrar los contrastes, destacando cómo y por qué situaciones relativamente  simples y afrontables se convierten, a partir de las diferencias de raza y cultura, en peligrosas; en situaciones límite, en este confundido mundo babel que simboliza la falta de comprensión en términos de la diversidad de lenguas, pero que en realidad hace trascender los desencuentros hasta su raíz más evidente: la falta de compasión y la falta de vocación para encontrarla y ofrecerla.

    Dentro de todo, puede reprochársele a Babel que es demasiado larga y que es reiterativa en un par de secuencias. Muy poco como para desmerecer a una obra emotiva, de gran corazón, llamada a permanecer en nuestra razón y sensibilidad por largo tiempo.